Obsesionado por la restauración me alejé del Barón y de mis amigos. Me recluí en una casita cercana, para supervisar las obras. Éstas fueron una sucesión de problemas, uno de ellas era que los obreros no permanecían mucho tiempo en su puesto. En cuanto se movieron algunas piedras aparecieron huesos humanos, al parecer habían sido enterrados algunos monjes, no en las habituales urnas sino en las propias paredes, eso hizo que algunos operarios se marcharan y que algunos arqueólogos se mostraran interesados, abrí la obra a esos estudiosos. En general, se mostraron tan poco perseverantes como los albañiles, marchaban de viaje súbitamente, se enfermaban u obtenían un nuevo trabajo lo bastante alejado como para abandonar la investigación. Acostumbrado a mis colegas de la facultad he de decir que dicha investigación me pareció desorganizada y carente de una dirección que se planteara algún tipo de coordinación. Pero uno de ellos, el Dr. *** me mostró cosas interesantes, se habían recuperado cinco esqueletos bastante completos de varones jóvenes, que habían muerto con violencia, principalmente por golpes en la cabeza, lo que sería normal en el caso de que fuesen guerreros, pero no monjes. Aún fue más sorprendente el encontrar en una cripta tapiada huesos al parecer femeninos y de niños, mayoritariamente bebés. El Dr. intentaba datarlos cuando desapareció, repentinamente abandonó su cátedra y su hogar y no dejó su nueva dirección. Algunos de sus colegas vinieron a buscar los huesos y se los llevaron en cajones. No he sabido más de ellos.

            Para la rehabilitación fueron indispensables los dibujos del abuelo del Barón. Aunque tras la adquisición del monasterio, éste sólo me dejaba acceder a los dibujos que mostraban el exterior. No me permitió volver a consultar documentos. Tras otros inconvenientes más normales; digamos que los propios de toda obra; por fin, a principios del año 1990 pude instalarme en mi casa.

            Se mantenía el problema del personal, la gente de los alrededores no quería trabajar en el monasterio. Finalmente contraté a un matrimonio oriental, que fiel y sigilosamente cocinaban y limpiaban. Poco a poco fui observando cosas realmente insólitas, unos vecinos me regalaron un gato y este apareció muerto en el jardín del claustro. Por cierto dicho jardín no tenía buen aspecto. Las plantas parecían medio muertas y todas adoptaban un aspecto sombrío y mortecino, por muy frondosas y saludables que parecieran en el vivero. Todo ello sin contar con los ruidos, corrientes de aire y otras molestias. Es preciso constatar que en cuanto al servicio sólo me molestaba su costumbre de cambiar mis cosas de lugar y luego negar que las hubiesen tocado. Los ruidos eran muy extraños, sobre todo eran muy claros por la noche, ya que los ruidos propios de la naturaleza debían ocultarlos durante el día. A veces parecía que se oían voces o cánticos, pisadas y carreras ( supongo que de ratas o ratones).

              Lo sobrellevé todo con bastante flema, ya que podía tener una explicación racional, hasta que empecé a tener alucinaciones. Como he dicho soy una persona escéptica en esta clase de cuestiones, así que cuando me pareció ver como paseaban algunas figuras de largos hábitos y con capuchas por el claustro, acudí a diferentes médicos: oculistas, neurólogos y psiquiatras, que no encontraron nada anormal en mi físico, por lo que respecta a lo anímico el psiquiatra consideró que me había obsesionado con la casa y a eso se debían las alucinaciones. Me recomendó un viaje y volví a mi brumosa tierra natal dejando a los criados a cargo de la casa. Al cabo de un mes tuve que volver, pues los sirvientes no contestaban a mis llamadas. Descubrí que se habían marchado, al parecer precipitadamente, pues habían dejado tareas a medio hacer y objetos personales. Al ver el estado de su habitación mi primer impulso fue llamar a la policía, pues estaba todo revuelto, pero al comprobar que no parecía estar forzada ninguna puerta o ventana decidí no hacerlo. En realidad temía que me culparan a mí: soy extranjero y rico, eso puede despertar animadversiones. La habitación estaba llena de imágenes religiosas del peor gusto, de velas, etc. Sospechaba que presa del terror, simplemente se habían ido por su propia voluntad y decidí esperar.