Soy una llorona, desde siempre. Lloro mucho. Lloro cuando una palabra me hiere, cuando me acuerdo de algo doloroso, cuando veo las noticias (es que son como para llorar). Lloro sin saber por qué. Pero a veces lloro con motivo.

             Lloro por Alba, y pienso en ella, y pienso en lo que debe pensar una niña de cuatro o cinco años a la que pegan, a la que le pegan tanto que la dejan en coma. En lo que debe pensar una niña de cuatro años a la que le han roto un brazo, pegándole. Una niña a  la que atan y amordazan para "castigarla". Una niña a la que sacan desnuda al balcón en invierno "por que es mala". Una niña a la que obligan a comerse sus vómitos, esto lo ve otra niña de seis años y lo cuenta.

               Y lo sabía mucha gente en su entorno y en su escuela y la policía y los servicios sociales del ayuntamiento de su pueblo y tres jueces sabían que algo pasaba con esa niña de la que un vecino dijo que en el parque en vez de jugar se quedaba en donde la dejaban, quieta. Pienso en que pensaría ella, en qué creería que es la vida, pienso en si se daría cuenta de que los otros niños, amados, cuidados, mimados e incluso malcriados tenían una vida tan distinta a la suya.

              Y pienso en la madre de Alba, que tenía que saber que su hija era maltratada y dejaba que pasara, y si Alba se dió cuenta de que quien más tenía que protegerla no lo hizo. La madre ingresó ayer en la cárcel. Y dicen los médicos que Alba vivirá y que le quedarán secuelas. Y han puesto una cuidadora que pasa unas horas al día con ella, para estimularla le habla y la acaricia, Para protegerla, no se deja que tenga visitas de nadie de su familia sin supervisión. Y pienso en qué pensará ella que es la vida cuando crezca.