A mi tía abuela Lía yo siempre le dije abuelita, pues mi abuela verdadera, que era su hermana, murió muy joven. Mi abuelita era una persona amable y cariñosa, que creía en Dios con todo su corazón y que sabía respetar las opiniones ajenas aunque no las compartiera. Pasara lo que pasara, ella te escuchaba y te daba una gran sensación de tranquilidad y paz. No todo en su vida fue fácil, padeció enfermedades y tuvo que atender a su marido que estuvo enfermo durante décadas, con paciencia, solicitud y cariño.

                Entre mis recuerdos de infancia destacan los que tengo de mi abuelita, recuerdo su risa y sus mimos; como yo extrañaba la comida mexicana por vivir en España, cuando iba a México de vacaciones me hacía frijoles refritos hasta para desayunar. Además de mimarme con toda clase de atenciones. Recuerdo los pasteles que me hacía por mi cumpleaños (especialmente uno con la cara de Mickey Mouse).

                Pero lo que más recuerdo es que fumaba medio a escondidas y nos pedía a los nietos que le fuéramos a comprar una cajetilla de Commander sin decírselo a nadie y a cambio nos daba dinero para que compráramos paletas heladas (en español de España "polos") de limón o de fresa, la complicidad de ese secreto compartido era maravillosa. Recuerdo su sentido del humor y su dulzura. Y que cuando se iba de casa o alguno de los nietos nos íbamos (por ejemplo al centro), nos hacía arrodillar y nos bendecía. Nunca he creído en dios, pero me encantaba que mi abuelita me bendijera. Cuando se iba de viaje, antes recorría la casa con un misal en una mano y un rosario en la otra rezando toda clase de oraciones a distintos santos: contra los terremotos, los ladrones, las inundaciones, los incendios, los rayos, en fin toda clase de desastres.