Desde luego que no encajo. Tendría que adquirir una vida normal en alguna parte. ¿Dónde las venderán? A ver, me faltan: mi marido, mis dos niños, mi trabajo de media jornada para poder ayudar a los niños con su tarea (según la radio con esa finalidad estudiamos inglés las mujeres), mi desaforado interés por  lo que se dice en el Saloncito de A tu lado ya sea sobre Rocío Jurado o sobre el último pendejo que salió de Gran Hermano. También me falta interés por que mi ropa quede más blanca que la de la vecina; me falta teñirme el pelo (me gustan mis canas); me falta una obsesión por ser siempre joven (hay un error: no se es joven en realidad se está joven); me falta querer ser delgada como una habitante de un campo de concentración; me falta pensar que el dinero que tiene la gente es el único valor de esa gente.

Ya me dio flojera conseguir todo esto, mejor sigo leyendo Maurice de E.M. Forster:

Cuando Durham le declara su amor a Maurice, éste le contesta:

"Durham, eres un inglés. Y yo otro. No digas necedades."

Pues me aplico el cuento y me callo. Porque lo que no se puede pretender es ser otro que el que se es.