Después de cumplir setenta años, lo que más le costó fue aprender a vivir con el dolor, esperar cada mañana quince minutos en la cama, sin levantarse. Haciendo un repaso general de su cuerpo. Pensando en que partes le dolían hoy.

            Y luego levantarse, hacer un café con leche y comerlo con galletas. Mojando las galletas en el café con leche y bebéndoselo muy despacito. Después vestirse y salir a sentarse un rato al parque, al sol. El sol alivia todos los dolores.