Hace días que quiero hablar de esto, como mexicana me parece fundamental la capacidad de reírse de todo. Sobre todo de la muerte. Por qué hacer una tragedia de algo tan anunciado, mejor la vestimos, la sentamos, comemos con ella, nos emborrachamos con ella y nos reímos de ella. No debe ser una figura sin rostro, terrorífica, sino un ser más humano.

Tiene las de ganar, eso nadie lo duda. Por eso nuestro único recurso es la risa, es hacerla ver ridícula, es vestirla de catrina, de china poblana, es decirle la flaca, la huesuda, la pelona (la calva). Por cierto la imagen viene de aquí que es donde Gabriela pone sus pinturas.

La muerte repentina de una persona joven, realmente joven, no esas ridiculeces de "todavía era joven para morir sólo tenía 64 años", es más difícil, pero cuando se hizo su camino, por que no pensar que al fin y al cabo esa desagradable compañera en el viaje de la vida siempre estuvo allí. Alguna vez tenía que ganar la muy pertinaz.

Hay que buscar lo chusco, el muerto muy gordo cuyo ataúd tiene que depositar en el nicho dos enterradores flaquitos, que finalmente lo consiguen con muchos trabajos. Entonces una de las hijas del finado murmura en el oído de la otra "no cabe la menor duda de que es papá". Y ante el ataque de risa inminente ambas se ponen a llorar de forma histérica causando una gran conmoción entre familiares e invitados.